Carta abierta a Trump

Soportales del zócalo de la ciudad de México el día después del concierto de Pink Floid en 2016

Estimado Señor Trump:

Le escribo para saludarle y aprovecho para hablarle de muros. Me siento autorizado, pues mi papá fue albañil y en casa mis primeros libros adultos fueron sobre construcción. Sin embargo, creo a ese respecto tendrá Ud. mejores asesores. Así que le hablaré, aunque con menos autoridad, de otros muros.

Hace unos años el economista Luis de la Calle me dijo en Tulum, que una civilización suele levantar muros en sus momentos de decadencia no en sus momentos de esplendor. Tiene sentido, después de todo, los muros son un impedimento para el comercio y ¿quién en su sano juicio se atrevería a invadir una civilización en el esplendor de su poderío intelectual, económico y militar?

Las civilizaciones solo levantan muros en caso de ver amenazado su estilo de vida, su cultura o, directamente, su territorio. Un muro es, por tanto, un acto conservador que trata separar la civilización de la barbarie. Donde el amurallado se autoproclama civilizado y acusa de bárbaro a todo aquel que deja extramuros. Con la esperanza o, al menos la propaganda, de poder de conservar lo que aún Es, durante el tiempo necesario, para volver a ser lo que Fue.

Si bien esta es la intención y la promoción, casi siempre, un muro tiene otras motivaciones y otras consecuencias:

En primer lugar, los muros, además de proteger, entretienen: son un símbolo hacia dentro, una señal de que se está haciendo algo con los que están afuera: el muro de Adriano además de servir como propaganda de los límites entre la civilización romana y la barbarie de los pictos, sirvió  para que el enorme ejército del norte, que no podía hacer una guerra a falange y campo abierto, como el dios Marte manda; se mantuviera ocupado en el negocio de la construcción y la vigilancia en lugar de regodearse en el ocio, que, como es sabido, genera todos los males y muchas de las rebeliones.

En segundo lugar, llegado el caso, los muros que se levantan para mantener a los ajenos fuera, casi siempre sirven para mantener a los propios dentro: El muro de Berlín fue muchas más veces burlado por los alemanes orientales para escapar que por los occidentales para invadir y en la zona desmilitarizada de Corea todos los centinelas del muro miran al norte: los del sur para impedir que los ajenos entren y los del norte para impedir que los propios salgan.

Por otra parte, señor Trump, en lo que a engrandecimiento de las civilizaciones se refiere los muros han resultado ser poco eficaces. Recuerde que los mayores destructores de muros son el tiempo y los constructores civiles no los enemigos, recuerde que hasta las murallas más grandes tienen puertas, como las que permitieron entrar a los Manchu Quin para derrocar a la dinastía Ming, que, por cierto, fue la que más fortaleció la muralla China; y que a la caída de la Roma occidental sus muros seguían intactos, pero eso no impidió a los bárbaros saquear la ciudad eterna.

Por último, me gustaría decirle que creo entender las razones por las que pretende construir un muro pero, me gustaría advertirle sobre su localización. Mirando al sur, quizá, haya elegido Ud. a los bárbaros equivocados: en la última década, año con año, se reduce la migración mexicana y el número total de inmigrantes mexicanos no solo se ha estabilizado ha disminuido. Quizá sus auténticos bárbaros ya entraron o quizá estén tan lejos que no haya contra ellos un muro físico capaz de entretener a sus conciudadanos. No sé, piénselo.