apague su tv Vol. 4 | No es espectáculo para posturetas

l gusto por la poesía es algo difícil de disimular. Cualquiera te aceptará una invitación a un concierto, el teatro es un plan que se espera con deseo. Nadie tendrá problema en pasear, gustoso, 45 minutos por una exposición de arte contemporáneo charlando ­–ligando– entre cuadro y cuadro mientras disimula su perplejidad. Pero la pose intelectualoide tiene un límite: la poesía. 

Por supuesto, nadie lo admitirá. La poesía es algo presumible para el postureta medio. Pero, en cuando convocas a un recital descubres quien realmente se atreve.

La razón es simple: la poesía es difícil. Al menos eso nos han hecho creer. La primera poesía era palabra con ritmo, se hizo para ser recordada con facilidad y recitada en voz alta. Era más fácil escucharla que leerla. Durante siglos, la poesía se usó para comunicar con inteligencia Quevedo le tiaraba a Gongora y viceversa. Ya saben, aquello del hombre a la nariz pegado. Las coplas circulaban y todos los que sabían leer o escuchar seguían esas coplillas en verso como el Hola. Digo yo que no serían de difíciles sino más bien frescas y divertidas. Por eso no entiendo qué se nos perdió en el camino. Cuándo la poesía se volvió esa cosa críptica, solemne y aburrida. Ese lenguaje de arcanos solo para iniciados. No hay manera. Y aún así, siempre hay alguien dispuesto hacer más difícil lo difícil. Para ejemplo un botón. El pasado 28 de mayo casa Hilvana presentó Gabiente salvaje, espectáculo que prometía poesía y arte. 

 



Para abrir boca comenzó El Tigrillo y Jazz estubo suave. Lo mejor fue una intrigante puesta en escena. El Tigrillo con una máscara tras una computadora leía sus poemas y yo debo reconocer que su poesía resultó difícil incluso para los que estábamos dispuestos. Logré conectar más con la música que con los poemas.

Siguió Tonatiuh Mercado y Argenis Camargo. Tal vez se deba a mi falta de referencias que embonasen con el texto o a mi impaciencia para el largo aliento o a mi incapacidad para la metáfora elevada y la critica social encriptada; sentí que se trataba de una poesía difícil, demasiado profunda para una noche de miércoles: poemas de largo aliento llenos de metáforas oníricas y otras cosas espinosas.



Me gustó a medias, es decir: unos sí y otros no. La poesía de Tonatiuh se acompasó con los sonidos cercanos al ruido de Argenis. La propuesta sonora era muy interesante aunque también de difícil acceso; lo que terminó de complicar el asunto fue que el montaje tuvo algunos problemas técnicos. En muchas ocasiones no se sabía cuando los ruidos eran premeditados y cuando eran fruto de la mala configuración de sonido. De todos modos, debo reconocer que tenía algo que me cautivó.

 

A esta altura yo ya entendía a mis amigos que no habían venido. Y entonces llegó Urbanitas y los metronautas con una propuesta diferente. Juguetón desde el primer minuto, Joaquín traía una poesía perfectamente accesible sin renunciar ni al poder de la imagen, ni de la metáfora, ni al juego entre la realidad y la ficción. De entrada se trataba de poemas cortos con referencias comprensibles.



La música de Eduardo hernández (bajo) y Arturo Pérez Tejada (guitarra y voces) reforzaba la poesía y le aportaba una cierta distancia irónica entre lo que se decía y lo que se quería decir. Sin pretensiones ni grandilocuencias, Urbanita y los Metronautas conseguían lo pretendido y alcanzaba la gran elocuencia de las verdades que llegan por si mismas, sin exegesis; sobre todo era muy divertido, te llegaba a la cabeza desde el hueso de la risa. 

 

Estoy deseando que Urbanita y los Metronautas reciten/toquen de nuevo. Pero, no para invitar a mis conocidos posturetas: ellos que disimulen estilo en las salas de arte. 

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